martes, 18 de noviembre de 2008

POETA DE LA SEMANA

LUIS ANDRES ZÚÑIGA*


LOS INDIGENTES

¿Oís el doloroso clamoreo
de esa tribu que vierte sus miradas
con pupilas de huraño centelleo,
que lleva en sus espaldas fatigadas
un fardo de amarguras y mancillas,
hambrienta tribu que en el lodo rueda
e implora con el alma de rodillas
de vuestra caridad una moneda?

¿No escucháis los dolientes alaridos
de esos pálidos seres angustiados?
¿Por qué se hallan sus miembros abatidos
al trozo del dolor encadenados?

¿Por qué entre la miseria languidecen,
aspirando el perfume que le ofrecen
del dolor los fatídicos jardines,
en tanto que riquísimos varones
derrochan en los báquicos festines
el oro de sus arcas a montones?

¿Acaso porque son desheredados
y no llevan ni cruces ni toisones,
como ostentan soberbios potentados
cubriendo sus sañudos corazones,
no tienen para su alma dolorida
cubierto en el banquete de la vida?

Ni cruces, ni medallas ni toisones
ostentan esas lúgubres legiones;
mas llevando sus pechos destrozados,
merecen más respeto sus clamores
y sus tristes guiñapos desgarrados,
que la pompa de reyes y señores.

Sus almas, como el oro codiciado
que ha sido de impurezas despojado
entre las llamas del crisol candente,
en horas oscurísimas y aciagas
las ha purificado lentamente
el gran dolor de sus inmensas llagas.

¿No observáis esa niña acongojada
con los ojos bañados por el llanto,
que implora con su tímida mirada
que otorguéis un consuelo a su quebranto?
Es tal vez una huérfana extraviada
que vaga, con el cielo por testigo,
con el humano bosque abandonada,
con sed, con hambre y sin tener abrigo. . .

Esa niña tan pálida, que llora
y que tiene la faz tan abatida,
¿es acaso una joven pecadora
que en lucha con el mal salió vencida,
y ha rodado a tan duro sufrimiento
como tímida alondra que en su vuelo,
luchando con los ímpetus del viento,
por falta de vigor cae en el suelo?

No le esquivéis vuestra piadosa mano,
no desdeñéis su súplica angustiosa,
que esa guija que brilla en el pantano
puede ser una joya muy valiosa.

Y ese anciano de débiles pupilas
donde la luz del entusiasmo no arde,
que murmura palabras muy tranquilas
y parece de espíritu cobarde,
¿por qué humillado la piedad implora,
su planta lleva cual despojo inerte,
y no aguarda en su lecho que traidora,
sus ojos a cerrar llegue la muerte?

¿No tiene lecho? Acaso ese vencido
que surcos muestra de un dolor sincero,
no tiene, como pájaro sin nido,
en las oscuridades del sendero
donde alojar su cuerpo desvalido. . .

Su pecho está rendido al sufrimiento;
por mandato de un hado inexorable
su cuerpo está marchito y macilento,
arrugado su rostro venerable.

y con el corazón hecho pedazos,
son criaturas tal vez de almas hermosas
que para hacer el bien son elegidas.

Ese anciano tan triste que mendiga,
sin tener, en la angustia que devora,
el noble apoyo de una mano amiga
ni la luz de una voz consoladora;
acaso fue un guerrero valeroso,
cuyos hijos también acaso fueron
guerreros muy honrados y animosos
que en la lucha por la patria perecieron;
o fue un fuerte varón de alma piadosa
que impulsado por voces celestiales,
dio talvez con su mano generosa
a los menesterosos sus caudales. . .

No dejéis a ese anciano abandonado;
dadle pan, dadle abrigo, que mitigue
ese rudo dolor que despiadado,
cual famélico perro le persigue.

También ha de ofrecerle vuestra boca
esa plática dulce, que provoca
aliento en los espíritus gastados;
y llegará, cual música que vuela,
a aliviar sus oídos lacerados,
pues música es la voz cuando consuela.

Esos seres de lívido semblante
que viven de la angustia entre los brazos,
con la mente agitada y delirante,
¡acogedlos con manos cariñosas
y bálsamo poned en sus heridas!

Como arroyo que corre murmurando
hacia el mar insaciable y tenebroso,
sus almas y las nuestras van marchando
hacia un término oscuro y misterioso
que el ojo del Creador tiene previsto.
Esos míseros son nuestros hermanos;
así lo ha predicado a los humanos
con divina elocuencia Jesucristo.




TODO ES NADA

I
¿Vuestras son, gran señor aquellas eras,
y aquel bosque densísimo y fragante,
y el dorado trigal de esas praderas
que cosecha os darán tan abundante;

Y la carga también de esas veleras
naves que vienen de un país distante,
y esas fuertes cuadrigas tan ligeras
de piafar orgulloso y resonante?

Y ostentáis, entre tanta algarabía,
por esas cosas que os donó la suerte,
vuestra ruda altivez, vuestra ufanía!. . . .

¿Es qué ignoráis, señor, que cuando entramos
a la mansión augusta de la Muerte,
en la puerta todo eso abandonamos?

II
Hermano: es nuestra estirpe la estirpe luminosa,
cuyo tronco es Homero, monarca trashumante.
De aquel viejo heredamos la sangre vigorosa,
y príncipes nacimos, con cetro rutilante.

Resido donde fulge la Lira fabulosa,
y en mi Pegaso alado de cascos de diamante,
yo voy a tu palacio magnífico de la Osa
y tus lacayos me abren la puerta resonante.

Yo avanzo altivamente; me sientas a tu lado,
y en tanto que tu orquesta su música suspira,
tus pláticas sublimes escucho embelesado.

Pero la luz se inquieta de tu imperial mirada
cuando en concierto dicen mis labios y mi lira:
Hermano, ¿qué es la vida?. . .Hermano, ¡todo es nada!

III
¿Por qué mi voz extrañas? ¿No escuchas los ruidosos
clamores que mantienen la selva estremecida?
El Dolor va siguiendo nuestros pasos medrosos,
y en la sombra simula nuestra marcha una huida.

¿Acaso entre rompientes y bancos peligrosos,
cuando cruzó tu nave la Estigia embravecida,
tu estela no seguían mil monstruos venenosos
y hostiles no te fueron los vientos de la vida?

¿Y entonces, nauta triste, de tu alma solitaria
al cielo compasivo no alzaste una plegaria,
donde la dicha es astro de eternos resplandores?

¿Por qué tu me aconsejas la vida de placeres,
de músicas, de vino, de aplausos, de mujeres,
si esa es urna rosada que esconde mil dolores?



LA RIBERA ENCANTADA

Algo del mundo dime, viajero afortunado!
Dime: ¿qué reina ahora? ¿Aún reina la doblez?
Que hace ya muchos años que estoy aquí encantado,
de este lago en la orilla risueña en que me ves.

Yo vi de una hada joven el seno sonrosado;
surgiendo de esas aguas la sorprendí una vez,
y sus divinas formas dejáronme hechizado.
Era su faz perfecta: la mismo eran sus pies.

Y desde entonces sigo, por la dormida arena,
sus labios enervantes, su canto de sirena,
el canto más radioso que se escuchó jamás;

y de he vagar por siempre sobre esta inmensa orilla
pues cuando huir intento de esta hada sin mancilla,
sus pérfidos imanes me atraen más y más.



LUIS ANDRÉS ZÚNIGA (1878-1964). Poeta y narrador. Durante su estancia en París, fue secretario de Rubén Darío, cuando éste dirigía la revista Mundial Magazine. En Honduras fungió como director de la Biblioteca y Archivo Nacionales; también fue a ser subsecretario de Relaciones Exteriores. Dirigió las revista Semana Ilustrada, Germinal y Ateneo de Honduras, de la que fue fundador, junto con R.H. Valle, Froylán Turcios y Salatiel Rosales. En 1914, su obra dramática Los conspiradores obtuvo un premio y fue la obra con la que se inauguró el Teatro Nacional "Manuel Bonilla". En la actualidad, en Honduras, lo más difundido de su obra siguen siendo sus Fábulas (1915), de las cuales incluiremos una muestra más adelante. Zúniga publicó en vida solamente un libro de poemas: Aguilas conquistadoras (1913).